EL CAMINO

Este es otro viaje en un tren imaginario, aunque algo diferente. Aquí no encontrarás una cronología ni un currículum, sino los leitmotivs de mi vida: las personas, refugios, decisiones, tecnologías, aciertos y tropiezos que fueron dejando huella en el camino. No necesitan demasiada presentación, salvo un deseo totalmente transparente: que este viaje pueda ofrecerte un rato agradable y, sobre todo, una historia real. La que me tocó vivir y la que, como pude, decidí construir.

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¿QUIÉN ERA YO? | ME ENCONTRÉ | EL SALTO A MICROSOFT | INGENIERÍA MICROSOFT | ARQUITECTURA MICROSOFT | IDENTIDAD Y CIBERSEGURIDAD

1969 – 1988 | ¿Quién demonios era yo?

Para entender quién soy, quizá convenga empezar recordando que, gracias a Dios, todavía nacemos españoles irrepetibles.

Yo llegué al mundo el 2 de diciembre de 1969, apenas unos meses después de que estallara el caso Matesa, que había humillado y arruinado a mis padres y llevado a mi padre, Juan Vilá Reyes, a la cárcel. Como si aquel delirante tardofranquismo necesitara añadir un detalle más a la historia, aquel día existía una orden expresa para que mi padre no pudiera conocer a su hijo recién nacido: lo trasladaron de la Modelo de Barcelona a la cárcel de Carabanchel. Mientras todo aquello ocurría, yo no sabía absolutamente nada. Acababa de nacer.

En aquel escenario incomparable de maldad, con falangistas y tecnócratas dándose de bofetadas y cargando hasta arriba el depósito de aquel generador de culpables por el delito de pensar, en aquellas fechas y por aquellos lares, uno nacía realmente sin origen ni destino.

Mis hermanos, mientras tanto, fueron iniciando su estampida en cuanto pudieron. Algunos se marcharon de casa precipitadamente, incluso casándose con cierta celeridad con tal de salir de allí. Nadie merecía aquel pasado ni aquel presente. Cuando yo llegué, éramos un bebé, dos niñas, un niño con mente ya de joven universitario y tres jóvenes universitarias. Una familia numerosa aparentemente completa que, sin embargo, ya había empezado a dispersarse cuando yo apenas acababa de llegar.

Vivíamos en una enorme casa de tres plantas en el Ensanche noble de Barcelona, en la antigua Vía Layetana, en la esquina de lo que hoy es Pau Claris con Mallorca. Y sí: llegó un momento en que tuvimos que malvenderla porque no teníamos ni siquiera para comer. Habíamos pasado de una vida extraordinariamente acomodada a una situación que, para aquel bebé recién llegado, resultaba imposible de comprender, pero también imposible de esquivar.

Sinceramente, lector/a: ¿a que no se puede empezar peor?

Pues, en lenguaje fácil, la suma total era esta: un padre y una madre humillados y aguantando de todo, y siete retoños bastante listos intentando abrirse paso por sí solos entre lo que quedaba de vida y de patrimonio. Y de ahí partimos. Yo crecí rodeado de hermanos pertenecientes a la generación baby-boomer, mientras un servidor, llegado el último y en el tiempo añadido de la final, se abría paso como podía en aquella nueva generación X.

Entre aquel museo de desesperación, recuerdo especialmente la suavidad de uno de los sofás centrales de aquella casa, donde más de una vez me acurrucaba a mis bailarinas soledad e incomprensión mientras a mi alrededor se acumulaban efemérides dedicadas a blanquear a Francisco Franco y, de paso, a traer la Monarquía y a engrosar las páginas de los libros de Historia de España del Bachillerato de hoy.

En medio de todo aquello apareció mi primer objetivo en la vida. Mucho antes de saber qué quería estudiar, a qué quería dedicarme o quién demonios quería llegar a ser, supe algo bastante más elemental: tenía que encontrar un refugio.

Y ese refugio fue algo sencillamente maravilloso: la música. Desde muy pequeño necesitaba —como muchos de nosotros— llamar la atención, sentir que alguien me hacía caso, pero caso de verdad. Aunque fue subastado poco tiempo después, en casa había un maravilloso Steinway & Sons norteamericano, con un sonido limpio y casi metálico que, muchos años más tarde, volvería a buscar en mis pianos Roland de los 80 y 90 y que hoy sigo persiguiendo en ese Nord Stage rojo que tengo metido entre ceja y ceja… y que cualquier día caerá.

Era un renacuajo de tres años con oído absoluto. Escuchaba una canción, un anuncio o la música de una película y me sentaba al piano para reproducirla sin que nadie me hubiera enseñado solfeo. Y sí: me refugié entre 88 teclas blancas y negras. Allí fui educando el oído con el piano eléctrico de Neil Diamond, los Wurlitzer de Supertramp, el piano de los Carpenters o mi queridísimo LP Lost Horizon de Burt Bacharach, que acabó rayado de tanto escucharlo. El disco terminó destrozado, yo escarmentado y mi oído, cada vez más amaestrado.

Bien, ubicado aquel primer refugio, estaba claro que no iba a ser el último. Algunos valientes llegaron incluso a decir que aquel renacuajo podía ser una especie de superdotado y que debía ir al conservatorio. Pero antes casi de que terminaran la frase, me encontré prácticamente solo con mis padres, mi abuela y mi hermano en la casa de Sant Vicenç de Montalt, nuestro último reducto para sobrevivir. Eso sí, desde 1976, con Franco requetemuerto y enterrado. El primer refugio fue el que más costó encontrar, pero tampoco fue suficiente.

En 1977 apareció Star Wars y me alineé inmediatamente con la filosofía de la Fuerza: mi segundo refugio; llamémosle resiliencia.

Y, como no podía ser de otra manera y aprovechándome indiscriminadamente de aquel dicho que había escuchado —«no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy»—, por aquellas mismas fechas di con el tercer y último refugio: los videojuegos y, poco después, mi Atari 2600 y la tecnología. Música, resiliencia y tecnología. Ya tenía mis tres refugios.

Con semejante colección, sinceramente, no tengo mucho más que contar hasta 1989. Había llegado el momento de dejar de refugiarnos y empezar a mostrarnos al mundo, al estilo de Koji Kabuto sacando al Mazinger Z interior que los de la generación X llevábamos metido en nuestro ADN.

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1989 – 1994 | ¡Me encontré!

A finales de los ochenta, Barcelona vivía lanzada hacia los Juegos Olímpicos de 1992. Mi ciudad estaba cambiando y, de alguna manera, yo también necesitaba hacerlo: había llegado el momento de buscarme y encontrarme a mí mismo. Por entonces estaba dividido entre tres mundos. Estudiaba Ciencias Económicas y Empresariales en la Universidad de Barcelona, cursaba Ingeniería Informática Empresarial en Cibernos y, con el tiempo y dinero que conseguía reunir, estudié durante dos años en el Taller de Músics. Economía, informática y música. Tres caminos que me interesaban y ninguna idea clara de cuál era realmente el mío.

Entre los 20 y los 25 años comprendí que no existía ningún manual para encontrarlo. Tenía que elegir por mí mismo.

INGENIEROS CONSULTORES, S.A.: EL BECARIO UNIVERSITARIO ILUSIONADO CON SOLO 20 AÑOS

Inicié mi carrera profesional en ICSA como becario en Ciencias Económicas, lleno de entusiasmo y motivación. Trabajé media jornada, apoyando y, sobre todo, aprendiendo de destacados consultores provenientes de IESE, ESADE, ICADE y universidades internacionales. Aunque mi puesto era de aprendiz en el área económica, mi interacción con la informática fue total, comenzando por el manejo de hojas de cálculo basadas en MS-DOS, como Lotus 123 y Ability, así como procesadores de texto como WordPerfect y algunas otras herramientas que, aunque limitadas, me permitieron enfrentar un importante proyecto de viabilidad para la inversión en maquinaria industrial.

Fue mi primera experiencia seria en el mundo laboral: un plan de viabilidad para la inversión óptima en hornos de gas o eléctricos con el fin de mejorar el proceso productivo de lingotes de latón. Participé en todo el proceso productivo, desde el silo industrial, la cinta transportadora, la fusión del latón, hasta el espectrómetro que analizaba la calidad final del producto. Aplicaba conceptos económicos como optimización de procesos, equilibrio financiero, punto muerto y amortización de la inversión a lo largo del tiempo según los distintos escenarios.

Me debatía entre dos ámbitos: grandes proyectos de ingeniería y la alta dirección. Mi objetivo era hacer el proceso productivo más eficiente, de mejor calidad y con un coste adecuado gracias a la tecnología. Curiosamente, sin apenas ser consciente, me encaminaba hacia ese rumbo. Pero ahí estaba.

En otro proyecto durante mi periodo de prácticas en 1990, antes de que los teléfonos móviles se popularizaran, propuse al presidente de ICSA la posibilidad de colaborar con el Gremio del Taxi de Barcelona para introducir taxis equipados con teléfono móvil, repercutiendo los costes como un valor añadido para el servicio. Sin embargo, fue en vano, ya que mis prácticas llegaron a su fin.

BIO SPECIFIC SYSTEMS: PROBANDO, PROBANDO

Desde 1989, cuando empecé a familiarizarme con el hardware —sistemas operativos y componentes físicos— y el software —hojas de cálculo y lenguajes de programación como COBOL—, comprendí que estas herramientas no llegarían a mí por casualidad. Mucho menos cuando la mayoría de los lenguajes los ejecutaba desde las primeras versiones de Microsoft Windows. Desarrollaba software especializado en COBOL para ingenieros bioquímicos y matemáticos, aprovechando la versatilidad y facilidad de implementación que ofrecía este lenguaje en esa época. Usaba la versión de COBOL creada por Ryan McFarland, reconocida por su estabilidad y eficiencia. Además de programar, brindaba soporte técnico integral a los equipos de ingeniería y administración, trabajando sobre el sistema operativo Windows 3.1. Aunque en 1989 los ordenadores funcionaban de forma independiente y no estaban completamente conectados, esto no impedía que realizara el mantenimiento necesario para asegurar el correcto funcionamiento de cada equipo, sus dispositivos e impresoras. También desarrollé un profundo interés por herramientas de diseño gráfico como Corel Draw, creando logotipos para diversos negocios. Entre mis trabajos, diseñé el nuevo ícono de la compañía, que se convirtió en un símbolo memorable. Sin embargo, el ambiente laboral dejó de motivarme; se deterioró notablemente debido a las ideas racistas de Bill, el tejano que lideraba la empresa. Poco después de descubrir esta situación, agradecí a la compañía por lo aprendido y decidí, sin dudar, buscar un nuevo empleo. Y llegó casi de inmediato. Fue mi destino: Microsoft.

En resumen, esos cinco años marcaron un punto de inflexión en mi trayectoria personal y profesional.

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1994-1998 | Salto definitivo a la ingeniería de Microsoft.

Creo que mi paciencia llegó a su fin un jueves en BIO SPECIFIC SYSTEMS. Venimos de comer, recuerdo, cogí el primer diario y me puse a buscar trabajo. Y fue curioso, porque me vino como por arte de magia un anuncio que rezaba así.

SE BUSCA: Técnico comercial para formación informática innovadora en España. Requisitos: Título en informática o conocimientos en informática empresarial, y, sobre todo, gran motivación para aprender. Este era el curioso logotipo del anuncio.

Institut de Noves Tecnologies.

Hice la llamada y al día siguiente me entrevisté con uno de los comerciales, y la reunión no duró demasiado. Sabía lo que quería, y aun llevando un título de ingeniería informática y medio de ciencias económicas, podía perfectamente hacer frente a ese nuevo proyecto innovador.

INSTITUT DE NOVES TECNOLOGIES O I.NT (MICROSOFT SOLUTION PROVIDER): MICROSOFT, MI DESTINO.

Aquel logotipo contenía el nombre de una empresa que apenas significaba nada para mí. Microsoft era poco más que la marca de un sistema operativo que arrancaba ordenadores, y nunca habría imaginado que acabaría formando parte de mi vida profesional durante las siguientes tres décadas. Pero algo estaba ocurriendo: alumnos, ingenieros, desarrolladores y directores de informática llegaban con la misma sensación de que la informática estaba cambiando y nadie quería quedarse fuera. Yo era uno de ellos. Mientras diseñaba cursos y reorganizaba la oferta formativa, dejé de ser únicamente un economista becario para convertirme en un estudiante compulsivo de tecnología. Era un auténtico friki de Microsoft, y no me avergüenza decirlo. Mientras buena parte del mercado seguía alrededor de IBM, Novell, Unix y los grandes sistemas centrales, empezaba a fascinarme aquella nueva informática personal y empresarial. No era una cuestión de marcas: era otra forma de imaginar el futuro. Y allí descubrí también algo sobre mí: me gustaba aprender tecnología, pero todavía más comprenderla y ayudar a los demás a comprenderla, desde una academia, una sala de formación o, muchos años después, desde mi propia casa.

En Informat 94 tuve la oportunidad de realizar demostraciones del proyecto Chicago, el sistema operativo que un año después conoceríamos como Windows 95, dentro del estand oficial de Microsoft. Para nosotros aquello era jugar una final europea: enfrente estaban gigantes como IBM y Novell y nosotros éramos un grupo de entusiastas convencidos de que el futuro podía llegar por otro camino. Quizá estábamos atados de manos, pero jamás de cabeza. Recuerdo incluso mi uniforme improvisado: la empresa exigía americana y corbata; yo añadía barba, vaqueros gastados y botas camperas en aquellos noventa en los que parecía obligatorio parecer un tiburón de Wall Street. Nunca fui ese tipo. No triunfé aparentando más de lo que era: triunfé cumpliendo mis objetivos. Y aquella decisión de apostar por la tecnología acabaría siendo una de las mejores de toda mi carrera.

Aquella empresa nos permitió vivir algunos de los momentos más apasionantes de la informática empresarial. Siempre he considerado Windows NT y Visual Basic 4 como los Beatles de la transformación digital: no fueron los primeros, pero ayudaron a popularizar dos caminos que marcarían las décadas siguientes. En la academia tuve la oportunidad de hacer algo que entonces me parecía simplemente lógico: desmontar una enorme carrera única de Ingeniería en Software y Sistemas y dividirla en dos especies diferentes. Porque una cosa era construir, comunicar, administrar y proteger el sistema; otra muy distinta, programar lo que iba a vivir dentro de él. Parece evidente ahora. En 1994 no lo era tanto.

La primera especialización fue la que empezaba a ponerme peligrosamente cachondo, tecnológicamente hablando: Ingeniería de Sistemas, Redes, Seguridad e Infraestructuras. Windows NT cliente y servidor, TCP/IP, redes, dominios, usuarios, permisos, seguridad y arquitectura cliente/servidor: todo aquello que permitía que cientos de ordenadores dejaran de ser máquinas independientes para comportarse como un sistema corporativo. Ese era mi planeta. Y lo divertido es observarlo desde 2026: NT Workstation se convirtió en Windows 11; los dominios NT evolucionaron hacia Active Directory y Entra ID; llegaron Microsoft 365, Azure, SaaS, VDI, Digital Workplace, Zero Trust y Cloud. Han cambiado prácticamente todas las piezas, pero seguimos resolviendo esencialmente el mismo puñetero problema: cómo proporcionar de forma segura aplicaciones, datos, identidad y capacidad de trabajo a una persona sentada delante de algún tipo de dispositivo. Aquello fue precisamente lo que me atrapó.

La otra especialización era otro universo: Ingeniería de software. Metodología de programación, orientación a objetos, C++, Visual C++, Visual Basic y aquel ecosistema de desarrollo visual para Windows que estaba cambiando la forma de construir aplicaciones. Visual Basic 4 y Visual C++ eran otra historia: no administrabas el escenario, construías lo que ocurría encima. Sistemas y Software eran dos caminos diferentes, pero absolutamente complementarios: unos construíamos, conectábamos, administrábamos y protegíamos la plataforma; los otros creaban las aplicaciones que justificaban su existencia.

Y tomé una decisión que recuerdo especialmente bien: los futuros desarrolladores también tenían que estudiar Windows 95 y Windows NT. No pretendía convertirlos en administradores de sistemas; quería que comprendieran dónde demonios iba a ejecutarse aquello que estaban programando. Porque empezaba a tener bastante clara una idea que me acompañaría durante toda mi carrera: una aplicación no existe aislada. Existe dentro de un sistema.

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¿CÓMO DEMONIOS HABÍA CONSEGUIDO MICROSOFT LLEGAR HASTA ALLÍ?

Porque no, el gran triunfador inicial no fue Windows. El verdadero animal de aquella historia se llamaba Microsoft Office: Word, Excel, PowerPoint, Access y, posteriormente, Outlook, que encontraría en Exchange el compañero perfecto para integrar correo, calendario, contactos y trabajo colaborativo. Millones de personas aprendimos Word porque necesitábamos escribir, Excel porque necesitábamos calcular, PowerPoint porque necesitábamos presentar y Access porque alguien tenía que organizar aquellos datos. Y entonces ocurrió algo extraordinariamente sencillo: Office dependía de Windows y nosotros empezamos a depender de Office.

Ese es el concepto importante: dependencia. Y no necesariamente impuesta; precisamente ahí estaba la genialidad. Office era magnífico, lo queríamos y lo necesitábamos. Cuanto más lo utilizábamos, más natural resultaba trabajar sobre Windows. Microsoft había conseguido algo mucho más poderoso que vender un sistema operativo: había convertido su plataforma en el lugar donde ocurría nuestro trabajo. A partir de ahí comenzó una carrera tecnológica gigantesca que prácticamente cualquiera que tuviera un PC recorrió como pudo: en la empresa, en la universidad, en una academia o instalándose en casa alguna copia de Office conseguida por procedimientos que será mejor dejar sepultados bajo treinta años de prescripción informática. Todos acabábamos aprendiendo lo mismo.

Estábamos construyendo una infraestructura. Office necesitaba Windows; Windows, redes; las redes, servidores; y los servidores, identidad, administración y seguridad. Outlook encontraba a Exchange, los clientes a Windows NT Server y Microsoft empezaba a cerrar un círculo extraordinario. No conquistó nuestras empresas entrando por el CPD: entró por nuestros escritorios. Y cuando finalmente llegó al CPD, llevaba años sentado delante de nosotros.

Así nos quitamos de encima 1994 y buena parte de 1995. Para mí fueron dos años suficientes para dejar atrás al economista que todavía buscaba su sitio y empezar a reconocer al profesional tecnológico en el que me estaba convirtiendo. A mediados de 1995, Chicago dejó de ser Chicago y salió a la calle convertido en Windows 95, uno de los grandes fenómenos tecnológicos de la década. Microsoft ya me tenía completamente atrapado. Pero hacia finales de aquel año ocurrió una de esas casualidades profesionales que, vistas treinta años después, parecen escritas por alguien con bastante sentido del humor.

IRIS EKAMAT: UNIVERSO CENTRALIZADO IBM AS/400 Y APLICACIONES

Recibí una nueva oferta de trabajo. La empresa se llamaba EKAMAT, un partner tecnológico especializado en entornos IBM AS/400 y particularmente en el sector textil. IBM. AS/400. Textil. Tres conceptos bastante alejados de aquel joven entregado a Windows NT y al universo Microsoft. Allí conocí a Octavi Busquets, gerente de EKAMAT, que me entrevistó para incorporarme como técnico comercial especializado en software para el sector textil. Había un pequeño problema: de software de gestión textil sabía exactamente cero. Ni producción, ni escandallos, ni colecciones. Nada. Pero había algo difícil de ignorar: mi apellido.

Aquella entrevista había juntado de forma inesperada los dos mundos que hasta entonces había intentado mantener separados: la informática que había elegido y el textil del que procedía. Yo no era experto textil ni pretendía aparentarlo, pero podía aportar formación económica, tecnología, capacidad comercial y un apellido conocido dentro de aquel ecosistema empresarial. INFORMÁTICA + TEXTIL. Después de años intentando encontrar mi propio camino lejos de determinadas inercias familiares, la tecnología acababa devolviéndome al sector textil. Solo que esta vez había una diferencia fundamental: volvía por mi propio camino.

En EKAMAT, IBM AS/400 me quedaba técnicamente lejos. Había programado anteriormente en entornos HOST y MINI, pero mi ilusión estaba en otro lugar: Windows NT 4, las redes y la posibilidad de conectar aquellos sólidos sistemas centrales con el nuevo mundo cliente/servidor de Microsoft. No pretendía sustituir al AS/400, sino conseguir que ambos mundos convivieran y acercar sus datos y procesos al escritorio del usuario. Entonces apareció Navision Financials y descubrí otra pieza fundamental: software empresarial parametrizable funcionando sobre Windows. AS/400 por un lado; Windows NT por otro; Windows 95 y NT Workstation en los escritorios; TCP/IP comunicándolo todo y aplicaciones convirtiendo aquella infraestructura en negocio. Empezaba a comprender que el futuro no pertenecía exclusivamente a la centralización ni a la descentralización, sino a combinar ambas con tres objetivos cada vez más claros para mí: sencillez, integración y libertad. Pero también descubrí algo sobre mí mismo: ya no me bastaba con vender o explicar tecnología. Quería instalarla, romperla, volverla a montar y entender por qué funcionaba.

Durante mi último año en EKAMAT, llevaba los libros de Windows NT prácticamente a todas partes. Recuerdo especialmente el Kit de Recursos de Windows NT 4 abierto sobre las mesas del Café de la Ópera de Barcelona, entre cafés, subrayados y kilos de libretas donde mezclaba redes, dominios, servidores, seguridad y protocolos con decisiones personales sobre mi propia vida. Con una mano estudiaba tecnología; con la otra, a renglones torcidos, empezaba a escribir mi propio destino. Hasta que llegó 1997 y decidí qué quería hacer: dedicarme definitivamente a la parte técnica. Dejé EKAMAT para incorporarme a un proyecto 100 % técnico en Hewlett-Packard, Sant Cugat del Vallès, migrando PCs y servidores desde Microsoft LAN Manager hacia Windows NT Server 4, con Windows 95 y Windows NT Workstation en los puestos de trabajo. Y allí, sencillamente, vi el cielo. Después de las oficinas tradicionales de EKAMAT, HP me pareció el futuro: ingeniería, estaciones de trabajo, servidores, redes, técnicos y proyectos funcionando a mi alrededor con absoluta naturalidad.

HEWLETT-PACKARD SANT CUGAT DEL VALLÈS: LA LUZ

De repente, todas aquellas cosas que llevaba meses estudiando en libros y apuntes, muchas veces sentado frente a un café, estaban allí delante de mí y eran reales. Windows NT ya no era un libro que subrayar ni una arquitectura que imaginar. Había máquinas que migrar, servidores que configurar, usuarios que mantener operativos, problemas que diagnosticar y una infraestructura completa que debía seguir funcionando mientras nosotros la transformábamos.

Aquello era exactamente lo que estaba buscando.

Lo curioso es que en Hewlett-Packard no tuve la sensación de descubrir un lugar completamente nuevo. Tuve la sensación de reconocerlo. Después de años dando vueltas entre economía, formación, Microsoft, IBM, AS/400, software empresarial y redes, había abierto por fin una puerta y al otro lado estaba la vida profesional que llevaba tiempo buscando. No estaba visitando el futuro. Por primera vez había encontrado mi sitio dentro de él. Y allí, en 1997, tomé una decisión definitiva: quería dedicar el resto de mi vida profesional a la tecnología. Ese fue mi binomio de vida. Pero todavía me faltaba un puente: conocer productos, necesidades reales, redes y comunicaciones y aprender a juntar todas aquellas piezas hasta convertirlas en una arquitectura capaz de resolver un problema. Mientras lo buscaba, algo empezaba a cambiarlo todo: 1998 y la llegada de la ADSL.

Al terminar el proyecto de HP, también llegaron algunos símbolos bastante terrenales de mi entrada en la vida adulta: me compré mi primer coche nuevo, un SEAT Ibiza Passion blanco, y con 27 años me marché de casa de mis padres. Profesionalmente tampoco quería seguir estando de paso. En septiembre conseguí un contrato indefinido en DATAIX, otro partner de IBM y Microsoft. Y allí encontré precisamente el puente que estaba buscando.

DATAIX: LA DECISIÓN ADECUADA

En DATAIX empecé a trabajar en consultoría técnica preventa, transformando necesidades de cliente en proyectos que pudieran diseñarse, presupuestarse, venderse y construirse. Servidores, Windows NT, redes, cableado, comunicaciones y telecomunicaciones dejaron de ser tecnologías independientes para convertirse, dentro de mi cabeza, en piezas de un mismo sistema. Recogía necesidades, combinaba productos y construía soluciones técnicamente viables para después entregarlas a ejecución. Estaba aprendiendo a diseñar antes de construir. De aquellos trabajos recuerdo especialmente uno que, visto desde 2026, contenía una idea que entonces ni siquiera habría sabido nombrar: una compañía necesitaba consultar y gestionar remotamente su control de inventario y logística en tiempo real. Diseñamos una solución basada en Lotus Domino Go Webserver, comunicaciones, autenticación, firewalls y control de acceso para conectar de forma segura una aplicación web con información que permanecía dentro de la empresa. Dicho en geek speech: Internet tenía que entrar hasta el inventario, pero ni un milímetro más. No era cloud computing, pero el problema esencial ya estaba allí: desacoplar una función empresarial del lugar físico desde el que se utilizaba y permitir consumirla remotamente de forma segura.

Mientras tanto, llegaba la ADSL e Internet empezaba a dejar de ser algo a lo que uno se conectaba durante un rato para convertirse en una infraestructura permanentemente disponible. Aquello terminó de enseñarme que, cuando conectabas aplicaciones, información, comunicaciones, identidad y seguridad, la distancia empezaba a dejar de importar. DATAIX fue fundamental para enfocar definitivamente mi carrera hacia sistemas, comunicaciones, seguridad e identidad, pero cuanto más diseñaba y vendía aquellas soluciones, más evidente se hacía una pregunta: si lo que verdaderamente me apasionaba era implantarlas, ¿qué hacía allí parado? Corría 1998 y quería cruzar definitivamente la barrera entre la preventa y la ejecución para meter las manos dentro de los sistemas. Además, mi propio currículum empezaba a señalar el camino: Windows 95, Windows NT Workstation, Windows NT Server, TCP/IP, redes y arquitectura cliente/servidor. Yo todavía intentaba decidir mi destino, pero mi currículum empezaba a decidirlo por mí.

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1998 – 2006 | Ingeniero Certificado de Sistemas Microsoft

Y entonces cambié de rol. Esta vez, para siempre. Al cruzar definitivamente al lado técnico, descubrí una regla muy sencilla: si querías saber, tenías que tocar. Empezó un ciclo que ya no abandonaría: estudiar, instalar, configurar, romper, entender y volver a empezar. Mi laboratorio se convirtió en mi universidad particular, donde intentaba equivocarme el máximo número de veces posible en el menor espacio de tiempo, porque cada error resuelto allí era uno menos que tendría que descubrir delante de un cliente. No tenía demasiado dinero para formación, así que compraba libros técnicos de Windows NT, TCP/IP, redes, servidores o seguridad, los subrayaba y después llevaba lo aprendido al laboratorio.

Y entonces llegaron Internet y la banda ancha. Aquella gigantesca librería técnica que antes perseguía físicamente por Barcelona empezó a aparecer delante de una pantalla: documentación, white papers, foros, drivers, software y, sobre todo, las soluciones de otros técnicos que quizá ya habían sufrido tu mismo problema en la otra punta del planeta. Internet no iba a conseguir que dejara de equivocarme: iba a permitirme equivocarme muchísimo más deprisa. Cambiarían las tecnologías, pero mi método quedó fijado para siempre: leer, probar, romper, entender, reparar y volver a probar. Ya no estaba buscando qué quería ser.

Había elegido ser técnico. Ahora tocaba aprender hasta dónde podía llegar (estaba anotado en algún logo publicitario de Microsoft, y me lo tomé al pie de la letra).

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TELEMATEL: EL CAMINO DE NO RETORNO A LA INGENIERÍA DE SISTEMAS Y TELECOMUNICACIONES MICROSOFT .

En DATAIX tenía cada vez más claro que aquel ya no era mi sitio. Seguía aprendiendo diseñando proyectos desde preventa, pero quería estar al otro lado: construir, administrar, romper y reparar los sistemas personalmente. Tenía 28 años y sentía que, si quería dedicarme profesionalmente a sistemas, tenía que hacerlo ya. Entonces sonó mi viejo Nokia 1610. Me citaron para una entrevista en TELEMATEL, una empresa que desarrollaba y mantenía su propio software para los sectores de fontanería y electricidad y que reunía prácticamente todo lo que me atraía: Microsoft, aplicaciones, bases de datos, redes, centralización y acceso remoto mediante telecomunicaciones. Buscaban precisamente un responsable del área de sistemas basado en tecnologías Microsoft. Me entrevistaron y acepté. El sueldo fijo era casi el doble que en DATAIX, pero lo verdaderamente importante estaba escrito en el puesto: Sistemas.

Acababa de dar el salto definitivo al área de sistemas y servicios. Ya no diseñaría desde la barrera lo que implementarían otros: ahora tendría que responder cuando un servidor no arrancase, una comunicación fallase, una aplicación dejase de funcionar o alguien necesitara acceder desde donde inicialmente nadie había previsto. Llegaba con años de Microsoft, Windows NT 4, redes, seguridad, libros, laboratorio y errores convertidos en aprendizaje. Y mientras yo cambiaba definitivamente de oficio, Microsoft volvía a mover el tablero con Windows 98. Era 1998.

Había encontrado por fin el lado de la mesa en el que quería sentarme. Ahora empezaba lo verdaderamente divertido.

En TELEMATEL tenía cara a cara todos mis juguetes favoritos: sistemas, hardware, comunicaciones, redes, enrutadores, aplicaciones y bases de datos. Por primera vez podía tocar prácticamente todas las piezas del puzle, desde el cable y la tarjeta de red hasta Windows NT, Exchange, las comunicaciones y la aplicación que finalmente utilizaba el cliente. Todo aquello, dentro del ecosistema Microsoft de 1998 y esperando en candelitas la llegada de la ADSL, era sencillamente estar en el lugar adecuado, en el momento adecuado. Empezaba además a comprender algo que me acompañaría durante toda mi carrera: los sistemas no son piezas aisladas; lo verdaderamente interesante ocurre cuando consigues que todas hablen entre ellas.

Y entonces cayó del cielo un sistema operativo de Microsoft completamente desconocido para mí, vestido de mejor amigo, dispuesto a sentarse conmigo a tomar un café, mirarme a los ojos y decirme: «Xavi, respira hondo, porque se te acaban de terminar los problemas económicos para el resto de tu vida.» Habían llegado a mi vida el hermano y el hijo que nunca tuve, y probablemente el mayor descubrimiento tecnológico de mi carrera: Microsoft Windows NT 4.0 Terminal Server Edition.

Windows NT Server 4.0 Terminal Server Edition y yo fuimos como dos piezas de un puzle que necesitaban encajar. Hasta entonces había acumulado sistemas, hardware, telecomunicaciones, redes, bases de datos, aplicaciones y programación, pero Terminal Server consiguió ordenarlo todo dentro de mi cabeza: una aplicación podía ejecutarse centralmente y llegar hasta un usuario remoto a través de una red. El puesto de trabajo empezaba a independizarse del lugar físico donde residía la aplicación. En 1998, esperando todavía la llegada de la ADSL, aquello me pareció fascinante. Había encontrado una dirección y quería especializarme. Tras mi etapa en TELEMATEL, me encerré durante unos meses a estudiar Windows NT 4.0 y preparar la certificación Microsoft: sistemas, dominios, TCP/IP, usuarios, permisos, comunicaciones y seguridad. Ya no estaba picoteando tecnología. Había decidido cuál quería que fuese mi oficio.

Y así llegué al cambio de siglo. Mientras medio mundo discutía sobre el efecto 2000, yo estaba haciendo mi propia migración. Durante años había acumulado piezas —economía, música, programación, sistemas, redes, telecomunicaciones— sin saber exactamente qué construir con ellas y, de repente, el puñetero programa empezaba a compilar SIN ERRORES NI WARNINGS. Sabía qué quería estudiar, en qué quería especializarme y qué profesional quería llegar a ser. Entré en el año 2000 reencontrado, compilado y preparado para ejecutar. Solo faltaba que alguien pulsara el botón. Y ocurrió: el 10 de abril de 2000 entré en MEINSA SISTEMAS, iniciando una etapa de seis años en la que Windows NT, Windows 2000, Active Directory, Citrix, redes, comunicaciones, VPN y seguridad dejarían de ser piezas desperdigadas para convertirse definitivamente en mi oficio.

MEINSA pulsó RUN.

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MEINSA SISTEMAS: LA GRAN DESCUBRIDORA.

Era un viernes, 7 de abril de 2000. Un viernes cualquiera, a lomos de una vieja Vespa PK 125 roja, a la que poco le quedaba ya, la pobre. Pero hizo lo suficiente. Vivía entonces en el número 24 de la calle Verdi, en el barrio de Gràcia de Barcelona. Y es curioso: aquella moto, que no era más que mi medio de transporte para ir a trabajar, acabaría teniendo un significado clave en mi destino.

Te cuento.

Recuerdo que la había comprado tiempo atrás en una pequeña tienda llamada Motos Bailén, sencillamente para ir a trabajar…

Y explico una curiosa concatenación de anécdotas sentimentales que quiero que prevalezcan en mi historia.

Entre 1993 y 1997 había salido indemne, aunque bastante cansado, de una relación sentimental absurda con una persona seis años mayor que yo. Éramos dos formas muy distintas de entender la vida y yo llevaba demasiado tiempo intentando compensar inseguridades ajenas mientras cargaba con las mías. No era precisamente alguien que tuviera detrás una familia esperando para recogerme si las cosas salían mal. No tenía dónde caerme muerto, como suele decirse. Y quizá por eso aguanté más de lo que debía. Pero en 1997 mi paciencia había llegado a su fin. El 27 de agosto iba en mi flamante SEAT Ibiza Passion a buscarla al aeropuerto de Barcelona. En algún momento llamé a Motos Bailén por un asunto administrativo relacionado con la moto, probablemente el permiso de circulación. Marqué el teléfono que aparecía en el membrete y respondió un contestador automático. No era Motos Bailén. Era la voz de una chica. Y tenía una voz preciosa. También dijo su nombre. Me gustó tanto el nombre como la voz y, medio en broma, dejé un mensaje disculpándome por haberme equivocado de teléfono y diciéndoselo. Antes de colgar dejé también mi número de móvil, el de aquel Nokia 1610, mi inolvidable ladrillo de la época. Lo curioso es que yo no me había equivocado al marcar. El teléfono impreso en el membrete estaba mal. Ella lo sabía. Continué conduciendo. Recuerdo bajar por la calle Aragón, llegar hacia Muntaner y tomar después Sepúlveda en dirección a plaza de España. Seguramente habría alguna de aquellas eternas obras de verano de Barcelona. Mi destino seguía siendo el aeropuerto. Hasta que sonó el Nokia. Era ella. Me había devuelto la llamada. Y entonces sucedió algo aparentemente insignificante: giré el coche. No seguí hacia el aeropuerto. Quedamos para tomar un café cerca de la Sagrada Familia, donde ella vivía. Fui a recogerla allí y aquella misma tarde me encontré sentado delante de una completa desconocida con la que, unas horas antes, ni siquiera sabía que compartía planeta. A veces he pensado en aquella secuencia, intentando decidir si fue casualidad o causalidad. Un teléfono incorrecto impreso en un membrete. Una llamada administrativa. Un contestador. Una voz. Un mensaje dejado medio en broma. Un Nokia 1610. Una llamada devuelta. Y finalmente, un coche que, en mitad de Barcelona, dejó de dirigirse hacia una vida y giró hacia otra. Nunca sabré qué palabra corresponde: casualidad, destino, probabilidad o sencillamente vida. Y quizá sea mejor no saberlo. Lo que sí sé es lo que ocurrió después. Nos enamoramos como dos jóvenes de 27 años, al ritmo de La Flaca, mientras aquella Barcelona de finales de los noventa parecía seguir acariciándome y, de alguna extraña manera, protegiéndome. Poco después me fui a vivir con ella a la Sagrada Familia. Y sucedió algo mucho más importante que cambiar de domicilio. Por primera vez construí un hogar fuera del universo familiar del que procedía. Aquella expresión que tantas veces había podido aplicarme —«no tener dónde caerme muerto»— dejó de ser cierta. Había encontrado dónde caerme. Pero, sobre todo, había encontrado dónde vivir. Y todo empezó porque, el 27 de agosto de 1997, camino del aeropuerto, sonó un Nokia 1610 y decidí girar el coche. Curiosamente, aquella moto que había provocado indirectamente la llamada también acabaría marcando el otro extremo de esta etapa de mi vida. El 1 de mayo de 2000, alrededor de las cinco de la mañana, volvía a casa en moto por la calle Encarnació, en Gràcia, cuando me atropelló un taxi. Yo salí de aquello. La moto, no. Y con ella parecía morir también una parte de mi pasado. Porque apenas tres semanas antes, el lunes 10 de abril de 2000, había entrado en MEINSA SISTEMAS.

En fin, no quiero convertir estas páginas en una colección de subjetivas señales del destino. Cada uno puede llamar casualidad, causalidad o simple estadística a las coincidencias de su propia vida.

Pero hay algunas fechas que, cuando uno las observa muchos años después, resultan difíciles de olvidar. El 9 de abril era el cumpleaños de Merche. Yo entré en MEINSA al día siguiente, lunes 10 de abril.

MEINSA fue el embrión de mi destino profesional y Merche lo fue de mi vida entera.

Fue la empresa que me descubrió y, al mismo tiempo, el lugar donde yo terminé de descubrir la tecnología que llevaba años buscando dentro de mí. De modo que la vieja moto tuvo una existencia narrativa bastante curiosa. En agosto de 1997, un trámite relacionado con ella provocó por error una llamada que terminó cambiándome el destino. El 1 de mayo de 2000, aquella misma moto desapareció para siempre, apenas veintiún días después de que yo hubiera entrado en la empresa que iba a cambiar mi carrera.

La moto se murió. Mi pasado, de alguna manera, también.

Madre mía, menuda entrada en MEINSA. A las pocas semanas de incorporarme —en realidad, unos veintiún días después— aparecí con dos costillas rotas por el atropello del taxi. Nada especialmente grave, pero dolían como demonios. Estuve solo cuatro días de baja. No porque tuviera ninguna vocación heroica, sino porque acababa de entrar en la empresa que llevaba tiempo buscando y no estaba dispuesto a perder aquella oportunidad por haberme roto nada más empezar. Después de tanto perseguir ese salto profesional, aquello me parecía casi una broma de mal gusto del destino.

El accidente tuvo, sin embargo, una consecuencia curiosamente positiva. Fue la primera y única vez que mi padre vino a visitarme a mi casa desde que me había marchado en 1997. Tuve que romperme dos costillas para conseguirlo. En fin. Dejémoslo dentro de esa colección de anécdotas absurdas que uno termina acumulando con los años. Cuatro días después estaba otra vez trabajando, con bastante cuidado al respirar y procurando no reírme demasiado.

MEINSA estaba situada además muy cerca de casa de mis padres en Plaça Tetuán —chaflán barceloní de Bailén con Gran Via de les Corts Catalanes—, en la calle Girona, entre Diputació y Consell de Cent, lo que me permitía ir a comer con ellos prácticamente cada día. La jornada laboral era, como correspondía a la época, perfectamente partida y perfectamente presencial. Nadie pensaba entonces en trabajo híbrido, flexibilidad, Digital Workplace ni gaitas semejantes. La oficina era la oficina y el cliente era el cliente.

Y allí, para mí, prácticamente todo era nuevo y tremendamente divertido. Montábamos servidores y clústeres Compaq, HP e IBM en nuestra propia zona de almacén y laboratorio tecnológico o directamente en las instalaciones del cliente. Había de todo: PYME, gran empresa y multinacional, muchas veces con varias delegaciones y redes distribuidas. Era un entorno donde podías pasar de desembalar hierro y configurar RAID a levantar un dominio Windows NT, montar Exchange, revisar una ruta TCP/IP, configurar un enrutador o resolver un problema de comunicaciones entre sedes. La arquitectura todavía se tocaba con las manos.

No odié nunca la oficina ni la delegación como concepto. Al contrario: durante aquellos años eran lugares extraordinarios para aprender, porque allí estaban las máquinas, los técnicos, los problemas y los clientes. Pero yo ya empezaba a buscar una alternativa más divertida a la necesidad de que todo —personas, aplicaciones y sistemas— tuviera que estar físicamente en el mismo sitio. Y tenía herramientas para empezar a imaginarla. Más allá de todo el núcleo de ingeniería de sistemas Microsoft con el que me ganaba la vida en cada proyecto de MEINSA —Windows NT, Seguridad, Exchange Server, SQL Server, Redes TCP/IP, enrutadores y telecomunicaciones—, había una tecnología que me tenía especialmente intrigado. Ya había entendido que una aplicación no tenía por qué ejecutarse necesariamente delante del usuario. Podía estar en otro lugar. En un servidor. En un centro de datos. Incluso a kilómetros de distancia.

Un resumen rápido en foto en servidores, camino de la Nube.

Y otro resumen rápido en clientes, camino de Workplace:

La pregunta empezaba a ser mucho más interesante que la respuesta: si la aplicación puede estar en otro sitio, ¿por qué demonios tiene que estar el usuario en la oficina?

Ahí empieza, de verdad, el camino hacia lo que vendría después. No me extenderé demasiado en mi etapa dentro de este Microsoft Certified Partner, porque buena parte de aquellos años terminará apareciendo, de una forma u otra, a lo largo de esta historia. Pero sí recuerdo con muchísimo cariño algunos clientes recurrentes, especialmente SECE —Sociedad Española de Construcciones Eléctricas—, ya presentada anteriormente como uno de mis casos de éxito, además de otras empresas con necesidades muy similares. Eran clientes con servidores, delegaciones, usuarios, aplicaciones corporativas, comunicaciones entre sedes y problemas reales que había que resolver. Y eso era precisamente lo que más me gustaba: cada cliente era un laboratorio, pero sin botón de RESET. Allí no valía que algo funcionara en mi maqueta; tenía que funcionar la solución o la incidencia al salir de ahí —que si no, no salía, y no es broma—, con usuarios trabajando, impresoras imprimiendo, delegaciones comunicándose y aplicaciones respondiendo.

MEINSA me permitió convertir en oficio todo aquello que hasta entonces había ido aprendiendo, probando y ordenando. Ya no estudiaba sistemas para algún día trabajar con ellos. Trabajaba con sistemas y estudiaba para ser cada vez mejor haciéndolo. Y entre todos aquellos servidores, redes, clientes y comunicaciones, una idea empezó a ocupar cada vez más espacio: acercar las aplicaciones al usuario sin necesidad de acercar físicamente al usuario a las aplicaciones. Ahí es donde apareció Citrix. Y ahí, palabra de citrixero, la cosa empezó a ponerse realmente divertida.

Estuve seis años trabajando en los proyectos Enterprise de MEINSA, entre 2000 y 2006. Durante aquellos años pasé definitivamente de estudiar tecnología a vivir dentro de ella: Microsoft, Windows Server, Active Directory, Exchange, SQL Server, redes, comunicaciones, seguridad, Citrix… proyecto tras proyecto, cliente tras cliente. Tras completar finalmente todo el itinerario de certificación MCSE 2003, me puse serio conmigo mismo. Había llegado el momento de preguntarme cuál debía ser el siguiente paso. Quería asumir una mayor responsabilidad sobre Sistemas y Servicios, pero empezaba a ver que mi crecimiento dentro de MEINSA estaba comprometido. Yo no era el preferido de nadie, ni pretendía serlo. Nunca se me dio especialmente bien construir una carrera alrededor de caerle bien a la persona adecuada. Así que hice lo que tantas veces he terminado haciendo en mi vida profesional: cuando una puerta dejó de abrirse, busqué otra.

Y apareció.

Me marché de MEINSA con una oferta bajo el brazo considerablemente superior a mi salario como ingeniero y con rol de responsabilidad, pero reducir aquella decisión al dinero sería contar solamente una pequeña parte de la historia. Después de seis años, MEINSA era también compañeros, clientes, máquinas, proyectos, errores, noches, conocimientos y una parte enorme del profesional en el que me había convertido.

Por eso me despedí entre lágrimas de emoción y repartiendo abrazos. No salía huyendo de MEINSA. Salía agradecido. Sencillamente, había llegado el momento de continuar.

Y entonces ocurrió algo fundamental: dejé de mirar únicamente cada sistema por separado y empecé a asumir la responsabilidad de pensar el conjunto.

En 2006 comenzó mi etapa en Arquitectura de Sistemas.

El lugar se llamaba BYTEMASTER, Microsoft Gold Partner y Citrix Gold Partner.

Y durante los siguientes años sería mi nuevo hogar tecnológico.

IN MEMORIAM

Quiero dejar aquí un cariñoso recuerdo a Daniel Freixa, gerente de MEINSA, para mí ejemplo de management y mentor personal, y a Jordi Tordera Mercader, cuya nobleza y honradez acompañaron siempre a su maestría profesional y al compañerismo que compartió directamente con todos nosotros. También a Jordi Molera, compañero del departamento de impresión, siempre con una inequívoca sonrisa y buen humor.

Los tres forman parte de mis recuerdos de aquellos años y, por tanto, también de esta historia.

Va por todos ellos. Descansen en paz.

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2006 – 2012 | Arquitectura Senior Microsoft y Citrix | Camino a la nube.

Bien, aquí tenemos que cambiar de era laboral. En 2006 empezaron a suceder muchas cosas interesantes y una de ellas fue encontrar, casi por pura casualidad y probablemente a través de alguna empresa de selección que ya no recuerdo, una compañía llamada BYTEMASTER.

Había llegado mi momento.

En MEINSA empezaba a encontrarme con dos límites. El primero era bastante sencillo de entender: ahí había tocado techo salarial. El segundo era más difícil de explicar porque tenía que ver con mi propia forma de entender el trabajo. Después de seis años, empezaba a percibir que las posibilidades de crecimiento profesional no estaban necesariamente relacionadas con hacer mejor ingeniería, asumir más responsabilidad técnica o perseguir la excelencia en cada proyecto.

Yo veía demasiadas medallas viajando hacia departamentos comerciales, responsables y estructuras jerárquicas mientras algo aparentemente mucho más sencillo escaseaba: que alguien se acercara a un técnico después de dejar un proyecto funcionando y le dijera simplemente:

—Buen trabajo.

Si llegados a este punto he conseguido expresarme con cierta claridad en este o cualquier otro de mis libros o contenidos, habrá quedado patente una cosa: nunca se me dio bien hacerle la rosca a nadie. No era rebeldía ni una pose. Sencillamente, por educación, por seguridad en mí mismo y probablemente porque nadie me había enseñado a desenvolverme de esa manera, no conocía aquel lenguaje, no lo entendía y tampoco sentía ninguna necesidad de aprenderlo. Siempre pensé que el trabajo debía hablar primero y que, si estaba bien hecho, no necesitaba demasiada coreografía alrededor.

Y no quiero parecer pesado con esto, porque con los años he comprendido que probablemente no había buenos ni malos en aquella ecuación. Sencillamente, mis objetivos personales empezaban a dejar de estar alineados con los de la empresa. Yo quería aprender más, responsabilizarme de más cosas, diseñar mejores soluciones y, sobre todo, empezar a tener capacidad para decidir cómo debía construirse un sistema completo, no limitarme a implantar correctamente cada una de sus piezas. MEINSA me había dado seis años extraordinarios para convertirme en ingeniero.

Pero comenzaba a necesitar algo diferente. Necesitaba dejar de recibir arquitecturas para empezar a dibujarlas.

Y entonces apareció BYTEMASTER.

Microsoft Gold Partner. Citrix Gold Partner. Desarrollo propio. Sistemas. Comunicaciones. Datacenter. Clientes. Aplicaciones publicadas. Acceso remoto.

Lo miré y pensé algo bastante sencillo: «Ostras. Aquí están otra vez todos mis juguetes.» Solo que esta vez me iban a dejar ordenar el trastero entero.

Qué importante afirmación a descubrir pasados los 30: mis objetivos personales sencillamente no estaban alineados con los de la empresa

by franciscojaviervila.com

BYTEMASTER SERVICIOS INFORMÁTICOS, S.A.:

No fue el cambio de rol solamente, de un ingeniero informático Microsoft a un responsable de área Microsoft y Citrix. Es que yo quería mis propios juguetes con los que jugar y, sobre todo, mi propio Directorio Activo donde diseñar y decidir arquitecturas en el servicio.

Es decir, parecía que tuviera clarísima mi particular carta a los Reyes Magos sobre lo que pretendía encontrar en aquella fase de mi vida. Y, en realidad, bastante clara la tenía. Durante los años anteriores había ido acumulando tecnología, experiencia, errores, proyectos y certificaciones hasta convertir todo aquello en conocimiento.

Pero me faltaba una cosa. Y curiosamente, era algo que tenía clarísimo que NO quería: determinadas formas y parte del fondo que acabaría encontrándome en BYTEMASTER. Porque una cosa es la empresa a la que crees que estás entrando y otra, bastante más interesante, la empresa que descubres cuando empiezas a trabajar dentro.

A diferencia de MEINSA —y sé que las comparaciones son odiosas, pero mi yo de entonces apenas tenía otra herramienta para entender el cambio—, en BYTE no llegábamos necesariamente a un cliente para ejecutar un proyecto concreto, analizar una infraestructura, instalarla, repararla y marcharnos. Aquí entrábamos en algo conceptualmente diferente: un servicio que ya estaba vivo. Había sistemas funcionando. Controladores de dominio funcionando. Granjas Citrix funcionando. Redes y telecomunicaciones funcionando. Telefonía funcionando. Servicios de impresión funcionando. Aplicaciones funcionando. Seguridad funcionando.

BYTEMASTER lo internalizaba todo. Vendía confianza total. De hecho, no podía llamarse aún cloud computing; recordad, faltaba la normativa, regulatoria y continuidad de negocio.

Y, sobre todo, había empresas funcionando encima de todo aquello.

Esa última diferencia lo cambiaba absolutamente todo. Si a la empresa A le fallaba algo, tú debías repararlo. Si poco después a la empresa B le ocurría algo aparentemente distinto, podía estar provocado exactamente por la misma causa… o no. Podía depender del servidor, de la granja Citrix, de Active Directory, de la aplicación, de la base de datos, de las comunicaciones, del ancho de banda, del dispositivo o sencillamente de dónde demonios estuviera sentado el usuario.

Porque el usuario podía estar en la oficina central, en una delegación, en casa o conectado desde cualquier otro lugar. Y cada ubicación incorporaba sus propias casuísticas: red local, enrutadores, latencia, impresión, periféricos, resolución de pantalla, comunicaciones, seguridad, perfiles, permisos y aplicaciones. El puesto de trabajo había dejado de ser un PC encima de una mesa. Se había convertido en una cadena completa de dependencias.

Y cuando aquella cadena atravesaba kilómetros de comunicaciones para terminar mostrando una aplicación delante de un usuario, daba igual dónde estuviera el servidor: si el usuario no podía trabajar, el problema era nuestro.

Quizá por todo el sufrimiento que vivimos en BYTE se me haya escapado más de una vez, medio en serio y medio en broma, que el teletrabajo lo inventamos los compañeros que trabajamos juntos allí.

Y evidentemente, no inventamos el teletrabajo. Ni Citrix, ni Microsoft, ni nosotros éramos los primeros en permitir trabajar remotamente. Pero nosotros sí vivimos muy pronto sus problemas reales, mucho antes de que teletrabajo, Digital Workplace o Cloud se convirtieran en términos habituales en cualquier presentación corporativa.

Aprendimos a conseguir que la ubicación del usuario dejara de ser una condición necesaria para acceder a su trabajo. Y después aprendimos la parte verdaderamente difícil: conseguir que aquello fuera estable, imprimiera, respondiera, estuviera securizado y siguiera funcionando cuando cientos de pequeñas variables decidían ponerse de acuerdo para tocarte las narices.

Por eso, cuando muchos años después el mundo descubrió masivamente el teletrabajo, para algunos de nosotros aquello no era una tecnología nueva. Era un viejo conocido. Y sabíamos perfectamente dónde podía doler.

Porque cuando construyes un sistema, el problema fundamental es conseguir que funcione. Pero cuando eres responsable de un servicio, conseguir que funcione es solamente el principio. Después tienes que conseguir que continúe funcionando mañana, pasado mañana y el lunes a las ocho de la mañana, independientemente de quién esté de vacaciones, qué servidor haya decidido morir, qué enlace se haya caído o qué demonios haya ocurrido durante la noche.

Bien. Respiro y vuelvo a coger aire.

Porque también existía la incidencia de las incidencias.

Tenía un nombre aparentemente inocente:

CAÍDA DE CAUDAL.

Y aquello no significaba que una sesión Citrix hubiera fallado, que un perfil no cargara, que una impresora no imprimiera o que determinada aplicación hubiera decidido dejar de colaborar.

Significaba algo muchísimo más sencillo: QUE NO IBA NADA. El cliente dejaba de trabajar. Y cuando habías aceptado el reto de convertirte en responsable del servicio, en aquel instante podías transformarte rápidamente en el mismísimo demonio por no haber sido capaz de anticipar que algo así pudiera ocurrir.

Ahora viene la parte importante.

Eso que estáis leyendo, amigos míos, era una de las formas primitivas de lo que hoy llamaríamos cloud computing o computación en la nube, que tan aburridísimos os tiene si sois de la generación Z en adelante.

No porque BYTE tuviera una nube en el sentido moderno del término. No la tenía. Pero sí existía ya buena parte de la lógica que después definiría ese mundo: infraestructura centralizada, aplicaciones ejecutándose lejos del usuario, acceso remoto, múltiples empresas consumiendo servicios tecnológicos, comunicaciones como elemento crítico y una dependencia absoluta de la disponibilidad de la plataforma. Y nosotros no lo estudiábamos en una presentación. Lo vivíamos en primera persona del presente de indicativo.

Ahí apareció probablemente uno de los grandes secretos de mi carrera profesional. Cada caída, cada error, cada grito, cada problema y cada noche complicada podían quedarse simplemente en sufrimiento. O podía hacer otra cosa con ellos.

Convertirlos en código de aprendizaje persistente. Eso hice.

Empecé a drenar sistemáticamente el sufrimiento operativo de cada día hacia mi propio conocimiento. Si algo fallaba, necesitaba saber por qué había fallado. Si conseguíamos resolverlo, necesitaba saber por qué la solución había funcionado. Y si existía alguna posibilidad de reproducirlo fuera de producción, aquello terminaba en un laboratorio. Poco a poco fui construyendo algo que acabaría acompañándome durante el resto de mi carrera: una base de conocimiento nacida de producción y validada en laboratorio para mí y para mis compañeros, amigos y pasados, presentes o futuros clientes.

Producción me proporcionaba el problema. El laboratorio me permitía destruirlo tranquilamente. La documentación impedía que tuviera que aprenderlo dos veces. Y el conocimiento acumulado empezaba a producir algo que, con los años, acabaría valorando muchísimo más que cualquier certificación: TRANQUILIDAD. Ese fue el secreto. No aprender a evitar los problemas. Eso es imposible. Aprender a no tener que empezar de cero cada vez que aparecía uno.

BYTEMASTER fue una escuela extraordinariamente dura. No recuerdo haber vivido después nada comparable en determinados momentos en cuanto a gritos, presión, formas de trato o situaciones que personalmente viví como humillantes. No quiero embellecer aquello porque sería falsear mi propia historia.

Pero tampoco quiero cometer la injusticia contraria. El activo profesional que me llevé de allí compensó sobradamente aquella dureza. Y decidí algo más: no participar de los insultos ni perpetuar las malas relaciones. Porque debajo de los cargos, las incidencias, los clientes cabreados, los servidores caídos y las noches infernales, seguíamos siendo personas. Personas que terminamos conociéndonos en situaciones magníficas y en otras absolutamente terribles. Nos conocimos en el cielo. Pero nos conocimos todavía mejor en el infierno.

Y de aquel infierno me llevé una herramienta que ya no abandonaría jamás:

PRODUCCIÓN → ERROR → ANÁLISIS → LABORATORIO → DOCUMENTACIÓN → CONOCIMIENTO → TRANQUILIDAD.

Probablemente, ese sea uno de los algoritmos más importantes que he ejecutado en toda mi carrera.

Entre 2008 y 2012 me dediqué fundamentalmente a proyectos como autónomo y también contratado por terceros. Fue una etapa en la que me familiaricé especialmente con la forma de trabajar de la Administración Pública: procedimientos, documentación, gestión y solicitud de cambios, trazabilidad y entornos donde tocar producción exigía bastante más que tener una buena idea técnica.

También hubo una razón muy terrenal para acercarme a aquellos proyectos: la inestabilidad laboral del sector privado. La crisis financiera e inmobiliaria que estalló en Estados Unidos y alcanzó dimensión mundial, simbolizada por la caída de Lehman Brothers en 2008, golpeó con enorme dureza el mercado laboral. Empresas cerraban, proyectos desaparecían y los despidos se sucedían, también en IT. En aquellos tiempos bastante oscuros, preferí moverme, aceptar proyectos y seguir sembrando. Y funcionó: aprendí, trabajé y facturé satisfactoriamente.

De aquella etapa destacaría especialmente estos proyectos:

CESSER Sistemas de Información | Director de Sistemas. CESSER me permitió conocer otra cara de la tecnología: la Administración Pública y las licitaciones. Preparé numerosas propuestas técnicas para concursos públicos y recuerdo especialmente una: la migración de las últimas infraestructuras Novell NetWare del Hospital Clínic Provincial de Barcelona hacia Microsoft y Exchange. Diseñé la solución y defendí personalmente la propuesta, laboratorio en mano, ante los equipos de Sistemas, Ciberseguridad, Normativa y Cumplimiento de CESSER en Alicante. Ganamos el concurso. También volví a encontrarme con un viejo conocido, Navision Financials / Microsoft Dynamics NAV, publicándolo mediante conectores Citrix y Terminal Server. La experiencia como director, sin embargo, me enseñó algo sobre mí mismo: me aburría solemnemente dirigiendo. Echaba de menos el barro técnico. Y decidí volver a él.

  • BYTEMASTER SERVICIOS INFORMATICOS | Rol Consultor Citrix (contatado directamente como autónomo para un proyecto documental de su infrastructura), durante dos meses, con una gran relacion siempre con mi empresa primero y como cliente despues.
  • AJUNTAMENT DE TERRASSA | Consultor Citrix & Active Directory (autónomo vía Meinsa Sistemas). Durante más de año y medio mantuve dos granjas Citrix MetaFrame XP FR3 y colaboré en la migración de Active Directory a Windows Server 2003. Era un proyecto de mañanas y, además, trabajaba entre viejos amigos. Terminó cuando Xerox me incorporó a un nuevo proyecto.
  • IECISA · Informática El Corte Inglés | Consultor Citrix, NetScaler & Active Directory (autónomo para MC MUTUAL). Durante unos cuatro meses diseñé una nueva granja Citrix XenApp 4.5 y monté un clúster de Citrix NetScaler físicos, incorporando autenticación mediante token USB de seguridad. Fue mi primer contacto profesional con MC MUTUAL, una organización sanitaria a la que muchos años después volvería a encontrar en mi camino.
  • XEROX ESPAÑA SAU | Microsoft Architect (Ciutat de la Justícia · Generalitat de Catalunya). Durante casi dos años trabajé en una arquitectura de alta disponibilidad para el sistema de impresión masiva Equitrac, implementando un Microsoft GeoCluster de ocho nodos Majority Node Set, conectado a almacenamiento HP Enterprise Virtual Array (HP EVA). Sistemas Microsoft, clustering, almacenamiento y continuidad de servicio jugando ya en otra liga.
  • LA CAIXA | Citrix & Active Directory Architect (Global TMS para Hewlett-Packard Consulting). Proyecto de seis meses para llevar el IBM Terminal Financiero de CaixaBank a Citrix XenApp 6. Diseñé y construí la granja de servidores VAPOF, automatizando su despliegue y dotándola de resiliencia. Otro paso importante en algo que llevaba años persiguiendo: acercar las aplicaciones al usuario sin importar demasiado dónde estuvieran unas u otro.

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2013 – Hoy | Arquitectura Cloud | Identidad | Automatización y Ciberseguridad

Tras salir vivo, una vez más, de otra de esas crisis que parecen empeñadas en cruzarse en mi camino —sobrevivir a ellas empieza a parecer una habilidad adquirida desde mi nacimiento—, algo fundamental había cambiado también fuera del trabajo. Desde 2008 me había enamorado de Merche y estaba empezando una vida definitiva, mucho más llena de verdad, equilibrio y estabilidad, y en 2012 nos casamos en el Ajuntament de Sant Cugat.

Profesionalmente, empecé a buscar exactamente lo mismo. Ya no perseguía grandes saltos salariales ni necesitaba demostrar cuánto sabía. Quería encontrar un proyecto estructural, estable y de largo recorrido, un lugar donde pudiera aportar todo lo aprendido y, si era posible, quedarme hasta el final de mi vida profesional.

Y me puse a ello. Así llegué a 2013, sin saber todavía que estaba entrando en la última gran etapa de mi camino: la que llega hasta hoy. Y que, como siempre, es resultado de la siembra de toda una vida.

HEALTHCARE, PHARMA, AND PUBLIC ADMINISTRATION

Cuando el aire fresco y el agua cristalina llegan a tu vida un 30 de diciembre de 2008, empiezas a comprender que también hay algo que debes proteger por encima de todo: tu propia vida. Con Merche encontré el equilibrio y la estabilidad que durante tantos años había buscado por otros caminos, y profesionalmente terminé haciendo exactamente lo mismo.

Desde 2013 solo he trabajado para dos grandes entornos profesionales. Por un lado, Boehringer Ingelheim, inicialmente a través de Ambit Iberia, donde trabajé entre 2013 y 2019 y a donde regresé en 2025, hasta hoy. Por otro, el último gran partner Microsoft de mi carrera: Informática El Corte Inglés (IECISA), posteriormente integrada en Inetum, donde continué desarrollando algunos de los proyectos más importantes de mi trayectoria. Dos etapas extraordinarias por sus proyectos y, sobre todo, una forma diferente de afrontar el trabajo: ya no buscaba dónde llegar. Buscaba dónde merecía la pena quedarse.

Quiero terminar dando las gracias a mi gran familia de Boehringer Ingelheim, por todos los años vividos y por los que todavía seguimos compartiendo, y también a tantas personas que me hicieron sentir como en casa durante los proyectos de MC MUTUAL, CTTI, Ajuntament de la Garriga, Iberdrola, Línea Directa Aseguradora, CNAT y Flexxible IT. Más allá de arquitecturas, tecnologías, incidencias o proyectos, de todos ellos me llevo algo bastante más importante: el cariño y el respeto con el que fui recibido mientras hacía mi trabajo.

Porque después de tantos años he terminado aprendiendo una última cosa: los proyectos se entregan, las tecnologías envejecen y las arquitecturas se sustituyen. Las personas que te trataron bien permanecen contigo.

Gracias. De corazón.

Y aquí finaliza mi camino escrito; el que quede, aún se ha de escribir.

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